Cuando la muerte viene a visitarnos: El duelo y la vida que continúa

 Cuando mi abuela materna murió yo era pequeña. Tenía diez años y la muerte jamás había tocado a la puerta. Recuerdo que, cuando me preparé para hacer mi "primera comunión" el año anterior, el libro de catequesis traía un ejercicio de dibujar cómo nos imaginábamos el cielo y el infierno. Supongo que tenía que ver con la sección del libro que hablaba de la muerte desde la perspectiva Católica-Cristiana. Dibujé fácilmente mi idea de cielo (¿mi idea?) lleno de nubes y ángeles que volaban con centelleantes aureolas. Pero el solo hecho de pensar en el infierno me daba terror y no pude dibujar nada. Mi mamá escribió en ese espacio: "No dibujó nada porque le da miedo". No recuerdo otra conversación sobre ese tema, sólo el oír repetir una y otra vez que las personas buenas van al cielo y que las malas son castigadas en el infierno. Una concepción antigua e inflexible de lo que significa la muerte para nuestra cultura occidental.


Mi abuelita enfermó gravemente por lo que tuvo que ser llevada de urgencias al hospital. Como mis primas, mi hermana y yo éramos muy pequeñas, los adultos no nos llevaron con ellos. Nos dejaron solas en casa. Aún recuerdo mirar por la ventana y ver cómo todos se subían rápidamente en una camioneta azul y se marchaban. Así pasaron los días y todo seguía igual. Nosotras continuábamos yendo al colegio, regresábamos a casa, nos quedábamos solas. "La abuelita sigue enferma" - nos decían - "No podemos llevarlas porque no dejan entrar a niños ahí. Los doctores se enojarán". Y eso era todo. A los pocos días mi abuelita falleció. Recuerdo que ese día volví del colegio, como todos los días, y me encontré con mi tía con los ojos llorosos. Mi papá tenía una cara extraña y caminaba impacientemente. Cuando pregunté por mi abuelita me dijo: "Se fue al cielo. No va a volver". Mi papá es un hombre de pocas palabras hasta el día de hoy. Y yo, desde mi ser como niña, pregunté "¿Ahora quién me va a defender?". Lloré un poco porque solo entendí el "no va a volver" ¿Eso significaba nunca? ¿Cuánto dura "nunca"? Recuerdo que después de un rato me encontraba haciendo otra cosa, almorzando tal vez, sin tomar el peso de lo que significaba la muerte de un ser tan querido. Sólo con el tiempo lo entendí. Significaba que las cosas no volverían jamás a ser las de antes, no sólo para mí, sino que para toda la familia. La rutina de ir a visitar a mi abuelita todos los días se canceló. Dejamos de ir a su casa. Las recetas de comida tan sabrosas que preparaba no la pudo guardar ni una sola hoja escrita a mano. Su voz y su risa ya no llenaban la casa. El fuego de su horno a leña se apagó para siempre. Y, sobretodo, sus abrazos y mimos se esfumaron. El apego seguro que generé con ella me fue quitado de un día para otro, repentinamente, abruptamente, sin piedad. Mi padre y madre son fríos, duros y estrictos; lo que no quiere decir que sean malas personas. Pero como niña y posteriormente adolescente, tuve que enfrentar esas paredes de hielo que durante años sólo pude traspasar con ayuda de mi abuelita. Pero ella ya no estaba. Ni siquiera pude despedirme de ella y ese dolor aumentó con los años. Los adultos trataban de no mostrar sus emociones delante de nosotras "las niñas". Nos dijeron que la abuelita estaba en el cielo, en una casa grande, con muchas habitaciones. Y que allí también estaba Jesús y Dios. "Realmente está muy lejos" - pensé - "mi abuelita ahora es inalcanzable, no está aquí, pero al menos está en el cielo, en una habitación grande, muy grande...".


Siendo adolescente creía que los muertos nos vigilaban desde "allí arriba". Tal vez a través de las nubes, de alguna forma, nos miraban y juzgaban. Lo que más sentía era culpa por no ser quién se supone-debía-ser. Creía que no solo decepcionaba a mis padres, sino que estaba decepcionando a mi abuelita también y eso aumentaba mi sentimiento de culpa. Y de tristeza. A mis dieciséis enfermé. Me preguntaba "¿Mi abuelita qué haría si estuviera aquí? ¿Me abrazaría y cuidaría de mí? ¿O me dejaría sola y no me cuidaría porque es "cuestión de fortaleza mental"? ¿Estaría muy decepcionada de mí? Tal vez ni siquiera me querría...".


Siempre he sido una persona de pocos amigos. Muy pocos amigos. La vida me hizo desconfiada y temerosa de las personas. Con pocas, por no decir nulas, habilidades sociales. Sin saber cómo, hice un amigo en la universidad. Fue como compatibilizar casi instantáneamente. Él era simpático, alegre, con un humor negro y "nerd". Era muy inteligente, ñoño de las matemáticas, amable, servicial, siempre dispuesto a ayudar a quien necesitara de su ayuda. En resumen: una persona maravillosa. El que quisiera ser profesor compatibilizaba totalmente con la persona que era y que deseaba seguir siendo. Después de un largo recorrido terminó la carrera en la universidad y se tituló como profesor de matemáticas, buscando comenzar a trabajar lo antes posible. Haciendo memoria... compartimos muchas clases juntos, sobre todo las de ramos que nos echamos (*reprobamos) juntos. Sus memes e historias lograban mantenerme despierta en uno de los cursos más fomes (*aburridos) que tuvimos. A veces me mostraba los videos que estaba editando o las cosas que estaba cotizando para un evento próximo, en donde cumplirían un sueño/deseo de un niño o niña con cáncer. Comíamos papas fritas o pizza, y de vez en cuando tomábamos un café caro (de cafetería). Cuando él comenzó a trabajar como profesor yo regresé a la universidad a estudiar otra carrera. Pero llegó la pandemia y, con ella, la distancia y la imposibilidad de vernos. Nos llamábamos por teléfono y conversábamos mucho. No sé cómo lo hacía, pero siempre lograba hacerme reír y levantarme el ánimo. Él tuvo su primera jefatura de curso y hacía todo el trabajo desde su casa. Eso no impidió que todas sus estudiantes le tomaran cariño. También era el profesor encargado de las olimpiadas de matemáticas del liceo, en donde sentía orgullo por sus niñas que competían, aunque no ganaran el primer lugar (la mayoría sí ganó medalla). Además de lograr que sus estudiantes se motivaran al aprender matemáticas, también generaba relaciones más simétricas, lo que lo convirtió en un consejero y un apoyo para muchas. También era querido por sus colegas, a quienes ayudó con el tema de las clases online, enseñándoles a usar las plataformas, a grabar videos, entre otros. 

Pero cuando uno cree que lo peor ya pasó, muchas veces aquello está recién comenzando...

Cuando comenzó el regreso gradual a la "vida normal" a mediados del año 2021, mi amigo recibió una mala noticia: Su cáncer reapareció. Tuvo que someterse a una operación, la que resultó exitosa. Por eso todos respiramos aliviados. Pero cuando uno cree que lo peor ya pasó, muchas veces aquello está recién comenzando... En febrero del año 2022 recibió la noticia de que su cáncer hizo metástasis en los pulmones. En marzo logró dar clases por 2 semanas, luego tuvieron que hospitalizarlo. Solo su madre y su hermano pudieron visitarlo, porque por protocolo sólo dejaban entrar a una persona, durante un tiempo reducido. Él no permitió que su abuela le visitara. En realidad no quería que nadie le fuera a ver, incluyéndome. Sufrí por no poder verlo y por no poder despedirme de él; sin embargo, por fin entiendo el porqué él decidió que nadie lo viera así. Por un lado, por su sufrimiento y desgaste físico y emocional; por otro lado, porque así le recordamos cuando convivíamos diariamente con él. Por ejemplo, yo continúo estudiando en la universidad, y todas las veces que camino dentro de ella me trae distintos recuerdos de mi amigo, sobre todo, su cara sonriendo.

Mi amigo amado murió el 12 de abril del 2022. La muerte vino a visitarnos y nos arrebató a un ser muy querido.

Todavía hay preguntas que rondan en mi mente y que no tienen respuesta ¿Por qué tuvo que morir mi amigo siendo tan joven? Si tanto bien hacía a los demás ¿Por qué? ¿Por qué el cáncer tenía que aparecer? ¿Y por qué precisamente él, que era prácticamente mi único amigo?  

Lo extraño muchísimo...

Esta vez la experiencia de la muerte y del duelo ha sido completamente diferente. Han pasado 11 meses desde que murió y el duelo no ha terminado. Escribiendo estas palabras mis lágrimas han caído numerosas veces. Y lo cierto es que el duelo - tal vez- jamás termine, porque siempre existirá ese vacío que dejó mi amigo al morir. Asimismo, una de mí murió con él... Una parte de nosotros se va con nuestro ser querido. Por eso duele tanto, porque seguimos viviendo pero con una parte menos, mientras el mundo sigue su curso como si nada de esto hubiera pasado. He descubierto a personas que validaron mis emociones y mi dolor, incluyendo profesoras de la universidad, una amiga y una persona que se convirtió en mi amiga. Por otro lado, personas que creí amigas me dejaron sola con mi dolor; no importó que yo les contara lo especial que era mi amigo para mí, ni el sufrimiento que cargaba en mis hombros...  Me ha tocado recibir incomprensión de parte de mi familia más cercana. Frases como "Pero si sólo era tu amigo, por qué sigues sufriendo" "No es que haya muerto tu papá o tu mamá o tu hermano/a para que llores así" "¿Eran pareja acaso que aún te sientes tan mal?" "Ya pasó más de un mes, deberías haberlo superado ya" me hirieron profundamente, al mismo tiempo que me mostraron la ignorancia que existe en nuestra sociedad respecto al duelo y a la muerte. Una suerte de reglas implícitas rodean el misterio de la muerte, mezclas de creencias populares y supersticiones:

  • "Las personas no pueden llorar demasiado porque el ser querido puede quedar atrapado en este mundo"
  • "Las personas no pueden llorar demasiado porque evitan que el ser querido descanse en paz"
  • "Las personas no pueden llorar demasiado porque pueden enfermar"
  • "Las niñas y niños no entienden nada de la muerte, por ende, hay que excluirlos lo más posible de estas situaciones para no generarles traumas"
  • "Si intentamos conversar con las niñas y niños sobre la muerte, será tiempo perdido, porque no entenderán"
  • "Las personas deben llevar un duelo corto y luego volver a su vida normal, porque es la mejor manera de sobreponerse"
  • "Las personas que lloran más son las que más culpa sienten y se arrepienten ahora que el ser querido murió"
  • "Se entiende que una persona sufra cuando un familiar muere. Pero si es un amigo o amiga, es raro, a menos que hayan sido pareja (pololos/as)"
  • "No enciendas velas ante una foto de alguien que murió"
  • "Una semana es un tiempo razonable para que una persona se sobreponga a un duelo"
  • "No hay que sufrir porque la persona está descansando en paz (está con dios/ está en el cielo)"
  • "En otras culturas hacen una fiesta cuando una persona muere. Debes dejar de llorar"
  • Y muchas más

 

Todas esas creencias y comentarios invalidan la experiencia emocional de la persona que sufre un duelo. Tal como me comentó mi profesora, que es psicóloga, el duelo está catalogado como un trastorno del ánimo en el manual DSM y se extiende, como mínimo, por tres meses. Es perentorio que nos esforcemos por ser más empáticos y empáticas con los demás, en particular, con aquellos que están sufriendo un duelo. La clave es la empatía.  Hacer el esfuerzo cognitivo y emocional de no ver las cosas desde nuestra perspectiva y propias experiencias, salir de nuestro centro para ir hacia el de otro, porque todas y todos somos diferentes. Esto implica el no repetir lo mismo que hicieron con nosotras/os (la experiencia que guardamos en nuestra mente, a la que recurrimos al momento de actuar). Si a alguien cuando sufría le dijeron "es malo llorar" o "deja de llorar", lo más probable es que, cuando vea a alguien llorando, le repita lo mismo y le sea incómodo (hasta desagradable) intentar consolarlo/a. El ejercicio de la empatía exige esfuerzo de nuestra parte y práctica, porque sí es posible desarrollarla. Lo mismo aplica para el tema del duelo.

  • ¿Cómo puedo ayudarte? Cuentas conmigo.
  • Está bien y respeto si no quieres hablar, puedo hacerte compañía en silencio.
  • Si quieres hablar de tu ser querido, estoy aquí para conversar.
  • Si sientes ganas de llorar, puedes hacerlo, no lo reprimas. Yo estoy aquí para acompañarte.
  • Hidrátate con agua (llorar deshidrata)
  •  Si una/o no tuvo la instancia de poder despedirse de su ser querido, una buena forma de hacerlo es escribiendo una carta. Escribir todas las que sean necesarias. 

Aún me y nos queda mucho por aprender respecto al duelo, teniendo en cuenta que la muerte es uno de los misterios más grandes que existen. Podemos acercarnos a ella desde alguna religión o las filosofías orientales, e ir tomando aquello que nos haga sentido y nos traiga paz en el proceso del duelo. Porque al final la muerte es parte de la vida también e influye en cómo nos relacionamos con los demás y con nosotras/os mismas/os. El sentido de la vida, el sentido del sufrimiento, la (no)creencia en el destino, la (no)creencia en el más allá, las preguntas sin responder, el lugar de donde sacamos fortaleza para seguir adelante. Todo aquello se relaciona estrechamente con la muerte y con la vida. Dos caras de una misma moneda. El duelo sólo nos lo recuerda.


Recomiendo los siguientes libros sobre el tema:

  1. El libro tibetano de la vida y la muerte
  2. Después de la muerte: un acercamiento médico sobre las experiencias cercanas a la muerte, la vida y el más allá- Bruce Greyson 
  3.  El pato y la muerte - Wolf Erlbruch (Ideal para acercar el tema a los niños y niñas)

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